LEE CON ATENCIÓN
Era una tarde lluviosa de octubre, y el pequeño pueblo de Valleverde parecía aún más silencioso de lo habitual. Las casas de piedra se agrupaban alrededor de la plaza central, y los faroles encendidos proyectaban sombras largas que danzaban sobre los adoquines mojados. A lo lejos, entre la neblina, se veía la silueta de la antigua mansión de los Márquez, abandonada desde hacía décadas.
Lucía y Tomás, hermanos de diez y doce años, caminaban sigilosamente por la calle principal, con sus mochilas llenas de linternas y cuadernos de notas. Habían escuchado historias sobre misteriosos ruidos y luces que aparecían en la mansión cada noche, y esa tarde decidieron investigar por sí mismos.
Cuando se acercaron a la verja oxidada, un golpe seco resonó detrás de ellos, como si alguien –o algo– los estuviera observando. Lucía se aferró al brazo de su hermano y, con el corazón latiéndole con fuerza, se preguntó si habían cometido un error al cruzar aquel umbral prohibido…